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¿Cuándo serán las 8…?

Son las 4 a.m. El calor abrasador se empieza a sentir y Juan Diego lo vive pese a que ha habitado en ese lugar durante toda su vida. Se frota los ojos, se estira, se toma el estómago recordando que su última comida, una tostada con aguapanela, fue el día anterior a eso de las 4 de la tarde, porque ese día sí hubo.

Se pone en pie, busca una coca y empieza a bañarse con agua recogida. Se viste con el uniforme que heredó de su hermano mayor, amarra los cordones de sus zapatos, toma los cuadernos y emprende la travesía hacia la escuela que se encuentra a una hora de su casa, a buen paso.

En el camino se va encontrando a sus amigos de ruta, con quienes habla de cosas de niños, juguetea, corre, se resbala en el camino de tierra y se incorpora, hasta llegar a su destino, donde un pupitre lo espera y un pensamiento lo invade: ¿Cuándo serán las 8…? No puede pensar en otra cosa. A las 8 empiezan a servir el desayuno en el restaurante escolar, el mismo que provee alimentación a 500 niños más de su escuela, quienes a partir de ese momento, las 8 de la mañana, encuentran en su barriga llena el corazón contento, la concentración y la disposición para atender las clases que apenas comienzan y que se convertirán en oportunidades para que él y muchos niños en Antioquia aspiren a realidades diferentes.

La historia de Juan Diego se repite a diario en muchos municipios del Departamento. El programa de Alimentación Escolar –PAE- pone su grano de arena, o mejor su grano de arroz, de frijol o lenteja, para que esa sensación de vacío en el estómago no acompañe la jornada académica de este niño ni de ninguno de los más de 300 mil que a diario comen en los restaurantes escolares. Es un esfuerzo conjunto del Ministerio de Educación Nacional, de la Gobernación de Antioquia y de 117 municipios, para que el hambre no sea un impedimento para la asistencia y permanencia en los centros de educación a lo largo y ancho del territorio antioqueño.

Llega el medio día y terminan las clases. Juan Diego emprende de nuevo el camino a su casa, esperando encontrar cualquier cosa que le permita calmar el hambre. En cualquier caso, al día siguiente llegarán las 8 y allí estará ese plato de comida con el que Juan Diego nutre su cuerpo y activa su inteligencia; plato de comida con el que estamos cambiando el mundo de muchos niños y niñas de Antioquia, una ración a la vez.

Por: Marlon Montes Santana 

Departamentos Administrativos